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Llave de repuesto

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Robert estaba junto a la puerta de entrada con un manojo de llaves en la mano y fruncía el ceño como si se tratara de las facturas y no de un trozo de metal. En el recibidor olía al abrigo mojado de Ewa y al polvo del radiador. Marta acababa de quitarse las zapatillas, la bolsa de la universidad se le había resbalado del hombro y había golpeado la pared.

– No tires eso, que volverás a desconchar la pintura –murmuró Robert.

– Pues comprad una pintura mejor –replicó ella, agachándose para recoger la bolsa.

Ewa trajinaba en la cocina, algo golpeaba contra la encimera, el hervidor siseó. Una tarde cualquiera. Robert sacó del manojo una llave, la de la cabeza azul desgastada, y la levantó entre los dedos.

– Toma. La de repuesto.

Marta miró primero la llave y luego a él. No extendió la mano de inmediato.

– ¿En serio?

– En serio. Por si acaso –dijo él–. Por si vuelves otra vez cuando estemos durmiendo, o si mamá se queda atrapada en el trabajo, o lo que sea. No vamos a tener que levantarnos de la cama cada vez para abrirte.

– ¿Vamos? –soltó con una risa breve–. Tú eres el que se levanta.

Robert apretó la mandíbula. Marta cogió la llave despacio, deslizando las yemas por sus dedos un poco más de lo necesario. Él no retiró la mano de inmediato. Apenas fue medio segundo, pero ambos se dieron cuenta.

– Gracias –dijo ella–. Me portaré bien.

– Eso sí que no me lo creo.

Ewa asomó la cabeza desde la cocina con un paño colgado del hombro.

– ¿Qué pasa?

– Robert me da una llave porque, al parecer, oficialmente ya me consideran una persona –soltó Marta.

Ewa sonrió sin darle demasiada importancia.

– Pues muy bien. Por lo menos dejarás de aporrear la puerta por las noches como la policía.

Marta guardó la llave en el pequeño bolsillo del bolso. No dejó de mirar a Robert. Él fue el primero en apartar la vista.

Unos días después volvió pasadas las once de la noche, aunque durante la comida había dicho que estaría allí como muy tarde a las nueve. El piso estaba a oscuras; solo la lámpara sobre la mesa de la cocina iluminaba un círculo amarillo. Abrió la puerta en silencio con su propia llave, casi sin hacer ruido, como si comprobara si de verdad podía entrar sin pedir permiso. En el recibidor estaban los zapatos de Robert. No dormía.

Salió de la cocina cuando ella ya estaba colgando el abrigo.

– Son las once y media –dijo.

– Sé leer la hora.

– Dijiste otra cosa.

– Ha cambiado.

– ¿También te ha cambiado el teléfono? Porque no ha sonado.

Marta apoyó la espalda en la pared y lo observó con calma. Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta vieja; parecía cansado y cabreado de una forma muy ordenada, algo que ella detestaba y que, al mismo tiempo, de alguna manera la divertía.

– ¿Me estabas esperando? –preguntó.

– No le des la vuelta a la tortilla.

– O sea que sí.

De la cocina llegó el ruido de una silla al moverse. Ewa llevaba mucho rato dormida, pero habían dejado el lavavajillas entreabierto y algo se había desplazado dentro. Robert miró atrás por instinto, como si aquel sonido le recordara que no estaban solos allí, aunque ahora lo pareciera.

– Tienes veintitrés años, Marta, y a veces te comportas como una cría –soltó en voz más baja.

– Exacto. Tengo veintitrés años. No quince.

Aquello quedó suspendido entre ellos como un guante arrojado al suelo. Robert no respondió. Marta pasó junto a él, tan cerca que la manga de su jersey rozó su costado. Se detuvo junto a la cocina y miró la taza que había sobre la mesa.

– ¿Te has preparado un té y te has quedado sentado hasta que volviera? –preguntó–. Qué amable.

– Vete a dormir.

– Buenas noches, Robert.

Esta vez pronunció su nombre claramente, sin el diminutivo familiar, sin calidez, sin bromas. Como una mujer adulta a un hombre, no como una hija a su padrastro. Él lo oyó. Se quedó inmóvil, pero no hizo nada al respecto.

La noche siguiente transcurrió de una forma más normal. Ewa estaba junto a los fogones, removía la salsa y hablaba de alguien del trabajo que había vuelto a incumplir un plazo. Marta estaba sentada en la encimera, con una camisa demasiado grande, una pierna sobre la otra, y picoteaba tomates cherry de un cuenco. Robert cortaba pan. Todo resultaba tan doméstico que llegaba a ser asfixiante.

– No te sientes en la encimera –soltó sin mirarla.

– ¿Por qué? ¿Se va a hundir?

– Porque no es un taburete.

– Y tú no eres la policía municipal –respondió ella.

Ewa soltó una risita.

– Venga ya, sois imposibles los dos.

Marta alargó la mano para coger otro tomate, pero en vez de metérselo en la boca, lo levantó a la altura de los ojos de Robert. Lo observó mientras él apretaba la mano alrededor del cuchillo.

– Tienes una cara como si todo esto te molestara –dijo con ligereza–. ¿Es por el trabajo o por mí?

Ewa ni siquiera levantó la cabeza de la olla.

– Por las dos –murmuró por él–. Yo hace mucho que me he quedado sorda.

Robert dejó el cuchillo con demasiada fuerza. La hoja golpeó la tabla.

– Tú eres sobre todo ruido –le dijo a Marta.

– Y, sin embargo, siempre oyes cuándo vuelvo.

Durante un segundo se hizo el silencio. Solo borboteaba la salsa a fuego lento. Ewa lamió la cuchara, hizo una mueca, añadió sal y no se dio cuenta de nada que no fuera su propia cena. Marta bajó de la encimera, pasó junto a Robert y se echó sal en el agua de un vaso, como si eso fuera lo que pretendía desde el principio. Al alejarse, le rozó el codo con la mano. Un accidente para cualquiera salvo para ellos.

Después aquello empezó a adquirir un ritmo. Marta decía: «Estaré en casa a las diez», y volvía a las once y media. Decía: «Después de clase solo voy a tomar un café», y volvía pasada la medianoche. Cada vez abría la puerta con su propia llave un poco más despacio, un poco más segura. Cada vez había alguna luz encendida. A veces en la cocina, a veces en el salón. A veces Robert estaba sentado con el portátil, cuya pantalla llevaba ya mucho tiempo apagada. A veces fingía que justo iba a por agua. A veces le preguntaba dónde había estado. A veces no preguntaba nada, pero miraba el reloj. Marta lo veía y seguía tensando aquel hilo.

Una noche Ewa se quedó dormida antes en el sofá, con una serie sonando demasiado baja. Robert la tapó con una manta y apagó el televisor. Cuando llevaba las tazas a la cocina, la cerradura de la puerta chasqueó. Marta entró con unas botas altas, con el pelo aún impregnado del frío de la calle.

– Silencio, mamá está durmiendo –dijo de inmediato.

– Ya lo sé. Lo veo.

Se quitó las botas y las cogió con una mano; después lo siguió hasta la cocina. No a su habitación. No al baño. A la cocina.

Dejó las tazas en el fregadero y abrió el grifo. El rumor del agua era seguro, normal. Marta apoyó la cadera en la mesa.

– Has vuelto a esperarme –dijo en voz baja.

– Estoy fregando.

– ¿A estas horas? Claro.

Él no se volvió. Solo la veía reflejada en el cristal negro. Estaba tranquila, no se tambaleaba, no parecía cansada. Parecía concentrada.

– La cuestión es que vives aquí y conviene saber si vas a volver entera –dijo al final.

– ¿Te lo estás explicando a ti o a mí?

Cerró el grifo. La cocina se quedó de pronto tan silenciosa que se oía la nevera y el piso dormido al otro lado de la pared.

– Marta, no conviertas esto en un juego.

– Pero ya es un juego.

Él se volvió. Ella estaba a dos pasos de él, con la cazadora negra abierta hasta el cuello y el bolso caído del hombro. No sonreía. Era peor que una sonrisa.

– Vuelves tarde, miras si la luz está encendida. Yo entro y tú finges que no estabas despierto por casualidad. Luego me hablas con ese tono, como si ni siquiera supieras si me estás echando la bronca o simplemente quieres que me quede aquí un rato más. –Dio un paso hacia él–. Así que no me jodas diciendo que esto no es un juego.

Robert apoyó las manos en la encimera a su espalda, como si quisiera inmovilizarse.

– Eres veinte años más joven y vives con nosotros.

– Tengo veintitrés años –dijo ella de inmediato–. Y sabes perfectamente que no se trata de la edad.

– ¿De qué, entonces?

Marta inclinó la cabeza. Su voz se endureció, pero no subió ni un ápice.

– De que te das cuenta de cuándo salgo con falda y cuándo con chándal. De que oyes la cerradura y ya no duermes. De que me diste una llave supuestamente por si acaso, y ahora te comportas como si cada vez que entro en este piso fuera algo que intentas controlar. –Deslizó los dedos por la correa del bolso–. Y de que no lo consigues.

Apretó los dientes. No lo negó. Aquello también era una respuesta.

– Deberías irte a dormir –dijo, pero sonó muerto.

– Debería. –No se movió–. Pero antes quería ver si, por fin, dejabas de fingir que mis regresos tardíos solo eran una casualidad para mí.

Guardó silencio.

Marta sacó del bolso la llave de repuesto. La dejó sobre la mesa, entre los dos. El metal golpeó la superficie suavemente y, aun así, con contundencia.

– Esto no es solo una llave –dijo–. Y los dos lo sabemos ya.

Robert miró la llave y después a ella. En el piso, al otro lado de la pared, Ewa se volvió y el sofá gimió suavemente. Ninguno de los dos se movió. Toda aquella cautela, todas las medias palabras y las miradas, de pronto habían desembocado en un solo lugar, sin nada que las cubriera.

– Marta… –empezó.

– No, ahora escucha tú. –Se apartó de la mesa y se acercó tanto que él solo tuvo que levantar un poco la cabeza–. Si quieres cortar esto, córtalo. Hoy. Sin todas esas escenas de «es tarde», «¿dónde estabas?», «deberías haber llamado». Pero si vuelves a dejar la luz encendida y esperas, no me vengas con el cuento de que se trata de mantener la casa en orden.

Se miraron durante mucho tiempo, demasiado para una conversación cualquiera en la cocina. Robert no alargó la mano hacia la llave. No le pidió que se la devolviera. Tampoco dijo «para». Y eso significaba más que cualquier palabra.

Marta cogió la llave de la mesa, volvió a guardarla en el bolso y retrocedió un paso.

– Eso es –dijo en voz baja.

Se dio la vuelta y salió de la cocina sin prisa. Robert se quedó junto a la encimera, con las manos clavadas en el borde, escuchando sus pasos por el pasillo y el clic de la puerta de la habitación. No corrió tras ella. Tampoco fue al dormitorio. Se quedó en la penumbra, mirando el lugar donde un instante antes había estado la llave.

Ya no era de repuesto. Ya no era «por si acaso». Ambos acababan de decírselo, solo que no con esas palabras.

La noche que deja de ser una casualidad

Robert se quedó todavía un momento en la cocina, hasta que se le entumecieron los dedos sobre el borde de la encimera. Luego apagó la lámpara que había sobre el fregadero, atravesó el oscuro recibidor y se detuvo junto al salón. Ewa seguía durmiendo bajo la manta, con la mano abierta apoyada en el cojín. La observó quizá dos segundos, quizá cinco. Después se fue solo al dormitorio y cerró la puerta más silenciosamente de lo habitual.

Al día siguiente no ocurrió nada que pudiera llamarse una escena. Y precisamente eso era lo peor.

Por la mañana Marta salió de la habitación más tarde de lo habitual, con el pelo mojado y una taza de café en la mano. Ewa trajinaba junto a la mesa, metiendo en el bolso documentos, el teléfono y las llaves del coche. Robert estaba junto a la cafetera y miraba cómo el hilo negro caía en la taza.

– Volveré tarde –soltó Ewa, ajustándose la correa del bolso–. La reunión se alargará. No me esperéis para cenar.

– Claro –respondió Robert.

Marta apoyó la cadera en la encimera y lo miró por encima del borde de la taza. Ni una sonrisa ni un parpadeo. Solo una mirada tranquila y descaradamente atenta. Como si comprobara si, después de la noche, él seguiría fingiendo.

No dijo una sola palabra. Pasó junto a él, tan cerca que percibió su champú, y se sentó a la mesa junto a su madre. Hablaron de cosas corrientes, de plazos, de la secretaría de la facultad, de que en la ciudad volvía a haber atascos. Robert oía palabras sueltas, pero no conseguía darles sentido. En la cabeza solo tenía aquel breve «Eso es» de la noche anterior, como una astilla clavada bajo la piel.

Por la tarde volvió antes de lo habitual. Ni él mismo habría sabido decir si lo hizo deliberadamente o si, sencillamente, había dejado de engañarse. Se quitó la americana y la dejó sobre el respaldo de una silla en la cocina, se sirvió agua y se quedó quieto durante un momento. El piso estaba vacío. Ewa le había escrito que iría directamente del trabajo a casa de su hermana para ayudarla con unos papeles y que volvería tarde. Marta tenía «unas cosas», eso había dicho por la mañana. Sin hora, sin explicaciones.

Abrió la nevera y volvió a cerrarla. Encendió el televisor del salón y, al cabo de cinco minutos, quitó el sonido. Al final se quitó la camisa porque hacía bochorno y la arrojó sobre un sillón. Se sentó en el sofá con solo el pantalón de estar por casa, los codos apoyados en las rodillas. En la pantalla retransmitían un partido sin sonido. No lo estaba viendo.

La llave giró en la cerradura a las diez y cuarenta.

Lo oyó de inmediato. Aquel clic metálico hacía mucho que era algo más que el simple sonido de una puerta. Sin embargo, esta vez no se levantó. No fue al recibidor. No encendió ninguna luz adicional. Estaba sentado sin camisa en la cálida penumbra del salón cuando Marta entró en el piso.

Primero oyó el suave golpeteo de sus zapatos contra el suelo. Luego el roce de la chaqueta. Después la vio en el umbral.

Llevaba una falda oscura que terminaba varios dedos por encima de las rodillas, un jersey fino y el pelo suelto, algo desordenado por la ciudad y la noche. Sostenía el bolso con una mano y con la otra cerró la puerta a su espalda. Durante un segundo permanecieron así, separados por varios metros, en completo silencio.

No preguntó por qué no había salido. No soltó ningún «ah, estás aquí». No fingió sorpresa. Miró su torso desnudo, luego más arriba, directamente a la cara, y se adentró en el piso como si precisamente eso fuera lo que esperaba.

Robert se irguió despacio.

– Ewa no está –dijo antes de poder contenerse.

– Lo sé. –Marta colgó la chaqueta en el perchero del recibidor sin apartar la mirada de él–. Me ha escrito.

Dejó los zapatos junto a la pared y atravesó descalza el suelo laminado hasta el salón. Dejó el bolso sobre la cómoda de la entrada, no en su silla habitual, no como alguien que solo hubiera vuelto por un momento. Después se detuvo junto al sofá. Cerca. Lo bastante cerca como para que bastara con alargar la mano.

– ¿Llevas mucho rato sentado? –preguntó.

– El suficiente.

La comisura de sus labios tembló.

– Así que sí que me estabas esperando.

No respondió. Se le movió un músculo en la mandíbula. Marta inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, como había hecho en la cocina cuando lo desnudaba con palabras de los restos de sus excusas.

– ¿Ibas a salir hoy? –preguntó con calma.

– Iba.

– Y no has salido.

– No.

Aquel «no» quedó suspendido entre ellos, pesado y directo. Sin rodeos, sin tapujos.

Marta dio medio paso más. El colchón del sofá se hundió bajo él cuando se echó hacia atrás por instinto, para hacerle sitio o aumentar la distancia; ya ni él mismo lo sabía. Sus rodillas rozaron su muslo. A través de la tela notó el calor de sus piernas.

– Bien –dijo en voz baja.

Con un solo movimiento se subió un poco la falda, no hacia arriba, sino lo justo para sentarse con más libertad, y se sentó en su regazo, frente a él, con seguridad, sin vacilar, como si lo hubiera hecho toda la vida. Robert se quedó inmóvil. Sus manos, levantadas por reflejo, quedaron suspendidas a ambos lados, sin saber si apartarla o sujetarla para que no se cayera.

La tela de su falda se extendió sobre sus muslos. Su peso era concreto, real, imposible de confundir con ninguna fantasía. Marta apoyó una mano en el respaldo del sofá, detrás de su hombro, y la otra se la posó suavemente en la nuca.

– No me la he cambiado a propósito –murmuró, mirándolo a los labios y luego otra vez a los ojos–. Para que no tuvieras dudas.

Robert inhaló por la nariz. Por fin sus manos descendieron, pero no hasta sus caderas. Se apoyaron en el sofá, a ambos lados de sus muslos, como si aún intentara conservar algún último atisbo de orden.

– Marta…

– No digas mi nombre como si todavía quisieras salvarte –dijo. Su voz era baja, casi suave, pero sin piedad–. Ya no es el momento.

Se inclinó. Su pelo le rozó el hombro. Sus labios quedaron junto a su oído, y su aliento era cálido y regular. Y entonces susurró:

– Mi madre no se dará cuenta de nada de todos modos.

Las palabras se le metieron bajo la piel más deprisa que el contacto. Robert apretó las manos contra el borde del asiento con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Durante un segundo, dos, tres, no hizo nada. Marta no se apartó. Seguía sentada sobre él con calma, segura de sí misma hasta la insolencia, y esperaba una respuesta no en palabras, sino en un movimiento.

– Dime que me levante –susurró además–. Pero sin mentir con la voz.

Alzó la mirada hacia ella. Estaba demasiado cerca para fingir que veía en ella a la hija de Ewa, a su compañera de piso, a un problema que resolver. Tenía veintitrés años, los ojos fríos y plena conciencia de lo que estaba haciendo. Ya no había niebla alguna.

Del pasillo llegaba el suave zumbido de la nevera. En la calle, bajo el bloque, alguien cerró de golpe la puerta de un coche. El televisor proyectaba en silencio imágenes intermitentes sobre la pared. Los sonidos habituales de un piso que de pronto había dejado de ser habitual.

Robert soltó el borde del sofá. Una de sus manos se deslizó hasta su cintura. La otra, hasta su muslo, por encima de la rodilla, pesada, decidida. No para apartarla.

Marta dejó escapar el aire lentamente, como si eso fuera precisamente lo que hubiera querido oír desde el principio: no una palabra, sino el peso de una mano.

– Eso es –dijo en voz baja.

Esta vez fue él quien se inclinó. No la besó de inmediato. Detuvo el rostro a un centímetro del suyo, como si aún comprobara durante una fracción de segundo si de verdad estaba haciéndolo. Marta no retrocedió ni un milímetro. Le rozó la mejilla con los dedos y los deslizó brevemente por su barba incipiente.

– Decídete hasta el final –murmuró.

Eso acabó de quebrarlo.

La besó breve y firmemente, más como una confesión que como una muestra de ternura. Marta respondió al instante, agarrándolo por la nuca. El segundo beso fue ya más largo, más profundo, sin la cautelosa exploración del terreno. Sus caderas se movieron mínimamente sobre su regazo y de su garganta escapó un sonido grave y entrecortado que probablemente ni él mismo esperaba de sí.

Fue él quien se apartó primero. No para terminar. Giró la cabeza hacia la puerta del salón, la ancha que normalmente se quedaba abierta al recibidor y la cocina. Durante un instante contempló el rectángulo oscuro del pasillo.

Marta siguió el movimiento en silencio. Ya lo sabía.

Robert la abrazó con más fuerza, la levantó ligeramente de su regazo y volvió a sentarla para ponerse de pie con ella. Cuando quedó de pie en el suelo, aún estaba a un paso de ella, quizá medio. No llegaron a separarse del todo. Su mano la sujetaba por la cadera. Con la otra alcanzó la puerta del salón.

No la cerró de golpe. Era un tipo de seguridad peor. Lenta. Consciente. Empujó la hoja hasta que el pestillo encajó. El clic silencioso sonó casi igual que el giro de la llave en la cerradura de entrada, accionada por ella.

Marta lo miró sin parpadear.

– Así que ya está –dijo.

Robert se volvió hacia ella. En su rostro ya no quedaba aquella defensa crispada de la cocina, sino algo más pesado y sencillo.

– Sí – respondió.

Una sola palabra lo cambió todo más que un beso.

Marta se acercó por sí misma. No esperó a que él la atrajera. Le deslizó las manos bajo los brazos, rozándole ligeramente la espalda con las uñas, y alzó el rostro. Esta vez el beso fue más lento, pero también más descarado. El salón se volvió más estrecho, aunque los muebles seguían en el mismo sitio de siempre. Robert retrocedió medio paso con ella, hasta que las piernas de Marta chocaron con el borde del sofá.

La falda se le subió más al sentarse de nuevo, y él se inclinó sobre ella. Su mano recorrió el muslo, se detuvo sobre la tela, en un límite que aquella misma mañana aún no existía. Marta echó la cabeza hacia atrás y sonrió brevemente, con aspereza, como alguien que ha ganado una apuesta, pero no piensa celebrarlo, sino seguir tomando.

– Ahora ya no digas que ha sido casualidad – dijo.

– No lo diré.

Se sentó a su lado solo un instante, para mirarla de cerca a la cara, como si quisiera memorizar aquel segundo con exactitud. Luego deslizó la mano hasta su nuca, volvió a atraerla hacia sí y dejó de dejar entre ambos espacio para la cautela.

Tras las puertas cerradas del salón, el piso seguía siendo el mismo: el frigorífico zumbaba, en algún sitio un vecino abrió el grifo, desde la calle entraba la luz difusa de las farolas. Y, sin embargo, todo funcionaba ya según otro orden. La llave en su bolso ya no significaba volver a casa. Significaba entrar sin preguntar. Sus manos sobre el cuerpo de ella no eran un error del momento. Eran una elección que acababa de hacer al cerrar la puerta.

Y cuando, unos minutos después, Marta lo apartó ligeramente solo para recuperar el aliento y mirarlo directamente a los ojos, no había en ella ni rastro de vacilación.

– Bien – dijo con voz ronca. – Ahora vive con ello.

Robert la miró durante un instante, respirando con dificultad. Luego asintió una vez, brevemente.

Porque aquello ya no era un juego junto a la encimera de la cocina ni un tira y afloja de miradas. Se había convertido en un acto. En aquel salón, tras las puertas cerradas, su relación había dejado de poder describirse con las palabras de antes. Y ambos sabían que, cuando aquellas puertas volvieran a abrirse, nada los devolvería al lugar en el que estaban antes de aquella noche.

La mañana después de cruzar el límite

Por la mañana, la luz entró en el salón sin pedir permiso, gris y plana. No era piadosa. Lo mostraba todo: la manta caída en el suelo, su jersey colgado sobre el respaldo del sofá, la camiseta de él tirada junto a la mesita. Robert abrió los ojos primero. Durante un segundo se quedó mirando el techo, como si esperase que, si no se movía, la noche siguiera siendo noche. Después sintió un peso sobre el brazo. Marta dormía de lado, con la mejilla apoyada en su bíceps; tenía el pelo desparramado sobre una almohada que el día anterior no estaba allí.

Tragó saliva. Retiró el brazo con cuidado. Marta murmuró algo ininteligible y cerró los dedos sobre la tela de sus pantalones, pero no se despertó. Él se levantó con cautela. Su pie descalzo tropezó con la falda de ella, tirada junto al sofá. Retiró el pie por reflejo, como si hubiera tocado algo caliente.

En la cocina echó agua en el hervidor. Tenía las manos firmes, solo respiraba demasiado deprisa. Cuando dejó las tazas sobre la encimera, una chocó contra la otra con más fuerza de la que pretendía. Se quedó inmóvil y miró hacia el pasillo. Silencio. Ewa no estaba. La puerta del dormitorio seguía cerrada, vacío desde la noche.

A su espalda oyó el suave roce de unos pies descalzos. Marta entró en la cocina con su camiseta echada de cualquier manera por encima y el pelo recogido con un gesto descuidado de la mano. Parecía que se hubiera levantado en su propia casa. Eso fue lo que más le impactó.

Apoyó la cadera en la encimera y lo miró sin sonreír.

– ¿Tienes café o vas a quedarte ahí plantado fingiendo que estás en un anuncio de cereales? – preguntó en voz baja.

Robert se aclaró la garganta.

– Hay café.

– Pues sírveme.

No se movió. Lo observó mientras cogía las tazas, echaba el café molido y evitaba su mirada durante unos buenos segundos. Luego él mismo se dio cuenta de que la estaba evitando y finalmente la miró directamente.

– Ewa podría volver antes del mediodía a por unos documentos – dijo.

Marta asintió, como si acabara de mencionar el tiempo.

– Entonces no nos quedemos en medio del paso.

Pasó junto a él, tan cerca que la tela de la camiseta le rozó el abdomen. Abrió el frigorífico, sacó mantequilla, queso y huevos. Movimientos normales. La misma casa. Solo que ahora cada vez que alargaba la mano para coger algo de un armario llevaba dentro aquella noche, todavía viva bajo la piel.

– Siéntate – soltó. – Porque empiezas a parecer que vas a sufrir un infarto por culpa de la tostadora.

– Marta…

Ella giró la cabeza. Alzó mínimamente las cejas.

– ¿Qué?

Él se sentó a la mesa, pero solo en el borde de la silla. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos. Hablaba más bajo de lo habitual.

– Lo de ayer…

– Fue consciente – lo interrumpió. Rompió un huevo contra el borde de la sartén. – No me digas ahora que no te acuerdas.

– Me acuerdo.

– Pues bien.

La mantequilla siseó en la sartén caliente. Marta la movió con seguridad, como si llevara mucho tiempo preparando desayunos en aquella cocina después de noches como aquella. Robert observaba aquella calma con una mezcla de rabia y admiración.

– No puedes comportarte como si esto no cambiara nada – dijo.

Ella se volvió con la espátula en la mano.

– Y tú no puedes comportarte como si no hubieras cerrado tú mismo esa puerta. Así que dejemos de joder con lo de la casualidad.

Se miraron durante un instante. El hervidor hizo clic al pasar al silencio. Robert se levantó, sirvió el café y dejó una taza junto a la mano de ella. Marta la tocó con los dedos, pero no la levantó de inmediato.

– No se trata de la casualidad – dijo. – Se trata de qué hacemos ahora.

– Por fin una frase sensata.

Repartió los huevos revueltos en dos platos. Dejó uno delante de él y llevó el otro a la mesa. Se sentó enfrente y se recogió una pierna bajo el cuerpo. Las patas de la silla chirriaron ligeramente contra las baldosas.

– Habla – soltó. – ¿Qué hacemos ahora?

Robert cogió el tenedor y volvió a dejarlo. No tenía hambre, pero se obligó a dar un bocado, como si la comida corriente pudiera devolver la normalidad a aquella conversación.

– Ewa no puede enterarse.

Marta soltó un resoplido suave.

– Oh, el descubrimiento del día.

– No me estoy burlando.

– Yo tampoco. Simplemente no necesitaba pasarme toda la noche para llegar a la misma conclusión.

Él guardó silencio. Su rostro estaba sereno, pero su mirada era dura. No había en ella la vergüenza matinal con la que quizá él había contado. No intentaba recuperar la inocencia. Estaba sentada al otro lado de la mesa y parecía alguien que ya había movido un mueble y no pensaba devolverlo a su sitio.

– No puede parecerse a lo de ayer – dijo finalmente. – No delante de ella. No de esa manera.

Marta bebió café. Dejó la taza con mucho cuidado.

– Entonces sí quieres un acuerdo.

– Quiero que no destrocemos la casa en tres días.

– Eso se acerca más a la verdad.

Dejó el tenedor en el plato y se inclinó un poco sobre la mesa.

– Escúchame bien. No montaré escenas. No te cogeré de la mano delante de mi madre. No te escribiré mensajes idiotas que ella pueda ver. Pero no intentes decirme que esto tiene que desaparecer. Porque no desaparecerá.

Robert lo recibió en silencio. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que le palpitó el músculo de la sien.

– ¿Lo entiendes? – añadió.

– Lo entiendo.

– Y no me mires como si solo estuvieras esperando a que pase. Ayer no esperaste a que pasara.

Desde el pasillo llegó el breve zumbido del ascensor al detenerse un piso más abajo. Ambos miraron por reflejo hacia la puerta de entrada. Robert se enderezó. Marta ni siquiera se movió; solo deslizó la mano por la encimera y acercó su taza hacia sí.

Alguien siguió bajando en el ascensor. El silencio regresó, pesado y denso.

Robert expulsó el aire por la nariz.

– No puedes ponerme a prueba así cada vez – dijo.

– Sí puedo – respondió ella. – La cuestión es si tú lo soportarás.

Se levantó de la mesa, recogió el plato y lo dejó en el fregadero. Abrió el grifo un momento, enjuagó el tenedor y lo cerró. Después volvió al recibidor. Robert la siguió dos segundos más tarde, como si temiera dejarla sola siquiera un instante, aunque él mismo no sabía si lo hacía por precaución o por algo contrario.

Junto a la cómoda estaba su bolso. Marta lo levantó, abrió la cremallera y durante un instante buscó algo. Robert supo qué era antes incluso de que el metal brillara.

La llave de repuesto descansó en la palma de su mano. Pequeña, corriente, sin nada que la distinguiera. Ayer no había sido más que el objeto que le había permitido entrar. Ahora parecía el símbolo de un acuerdo que nadie había firmado y bajo el que, sin embargo, ambos ya se encontraban.

Marta miró la llave y luego a él. No se la tendió. No le preguntó si debía devolvérsela.

Simplemente volvió a guardarla en el bolsillo interior del bolso y cerró la cremallera.

Aquel pequeño sonido sonó más bajo que el clic vespertino de la puerta del salón, pero encerraba mucha más irrevocabilidad.

–Esta noche volveré después de las nueve –dijo con calma.

Robert frunció el ceño.

–Marta…

–No te estoy preguntando si puedo. Te estoy diciendo a qué hora estaré aquí.

Se acercó un paso. No lo tocó, pero se situó lo bastante cerca como para que él tuviera que levantar ligeramente la barbilla para mantenerle la mirada. Iba descalza, llevaba el pelo recogido de cualquier manera y la camisa de él sobre los hombros. Y, aun así, sonaba como alguien que acababa de establecer las reglas en una casa ajena y sabía que ya nadie iba a hacerla retroceder.

–Si ahora quieres volver a fingir que esta ha sido la última vez, ahórratelo –dijo–. Es una pérdida de tiempo.

Robert permaneció en silencio durante mucho rato. En la escalera alguien dio un portazo. El agua susurró en las tuberías. El piso respiraba una normalidad que, de pronto, se había convertido tan solo en una pared delgada.

Al final asintió con la cabeza. A regañadientes. Con claridad. Sin decir una palabra, porque una palabra solo habría vuelto aquello aún más rígido.

Marta aceptó el gesto sin triunfo. Como quien recibe lo que le corresponde.

Se dio la vuelta, cogió sus zapatos y se los calzó. Después se quitó la camisa de él, la dobló rápidamente y se la tendió. Debajo llevaba el jersey que se había puesto antes, ya arreglado, ya normal. Eso era precisamente lo peor.

–Ordena el salón –soltó–. La manta está como después de una fiesta.

Pasó junto a él y se dirigió a su habitación. Sin prisa. Sin mirar atrás. Robert se quedó en el recibidor con su propia camisa arrugada en la mano, contemplando la puerta cerrada tras la que ella había desaparecido.

Al cabo de unos segundos se dirigió al salón. Recogió la manta, retiró el cojín del suelo y alisó la colcha del sofá. Sus movimientos eran mecánicos, pero ya no había en ellos ni la vacilación de la noche ni el pánico de la mañana. Había aceptación de algo mucho peor: de la repetición.

Cuando desde el pasillo llegó el sonido del armario de Marta al abrirse y el susurro de la ropa, Robert se detuvo con el cojín entre las manos. Miró la cómoda del recibidor, sobre la que el día anterior había estado su bolso. Ahora ya no estaba allí. La llave también había desaparecido de su vista.

Y precisamente por eso se había vuelto más importante que nunca.

Robert dejó el cojín en su sitio. El salón volvía a parecer normal. Era lo único que aún se podía poner en orden. Lo demás ya había quedado establecido.

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