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Tentaciones nevadas de tres Mamás Noel

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Era una tarde de diciembre,

la nieve caía con intensidad tras las ventanas de la vieja cabaña de madera, en lo más profundo del bosque. Tres amigas —Anna, Lena y Maja— habían venido allí para una «escapada navideña de chicas». Oficialmente, para descansar de la ciudad, beber vino caliente y cantar villancicos. Extraoficialmente… sabían perfectamente para qué estaban allí en realidad.
Anna, una rubia alta de pechos llenos y pesados y una sonrisa felina y provocadora, fue la primera en proponer una «sesión de fotos navideña» en el exterior. La helada era intensa, pero ellas solo se habían puesto lo que ves en la foto: sujetadores rojos de encaje y tangas que apenas cubrían sus suaves coños depilados, además de gorros rojos de Papá Noel con ribete de piel blanca. Unas botas altas rojas con pelo en la parte superior solo protegían sus pantorrillas; el resto del cuerpo estaba expuesto al frío, y sus pezones se endurecieron al instante bajo el fino encaje.
Estaban muy juntas, posando. Anna en el centro, y Lena y Maja —gemelas pelirrojas con unas figuras idénticas y perfectas— a los lados. Sus respiraciones formaban nubecillas blancas, mientras los copos de nieve se posaban sobre su piel caliente y se derretían al instante.
—Hace un frío de cojones… —susurró Anna, pero su voz temblaba no solo por el frío. Miró a Maja y después a Lena—. Pero ¿sabéis qué? No quiero volver a la cabaña. Todavía no.


Maja sonrió de forma depredadora.

Se acercó por delante, y sus manos fueron directas a las caderas de Anna. Sus dedos se deslizaron bajo la fina tira de la tanga.
—Pues entremos en calor aquí —murmuró, y besó profundamente a Anna, introduciendo la lengua en su boca. Anna gimió contra sus labios al sentir cómo los pezones de Maja rozaban los suyos a través del encaje.
Lena no esperó. Se colocó detrás de Anna, apretando sus firmes pechos contra su espalda. Sus manos rodearon a la rubia por detrás; con una masajeó un pecho, mientras la otra descendía lentamente por el vientre hasta el húmedo lugar entre sus muslos.
—Ya estás tan mojada, Anita… —susurró Lena directamente en su oído, mordisqueándole el lóbulo. El dedo índice se deslizó bajo la tela de la tanga y acarició suavemente el clítoris. Anna se estremeció de pies a cabeza.
Maja se arrodilló en la nieve. No le importaba el frío; sus labios ya estaban junto al coño de Anna. Deslizó despacio y provocadoramente la tanga roja hasta las rodillas de la rubia. Separó los labios vulvares con los dedos y hundió la lengua profundamente. Saboreó la dulzura de la excitación mezclada con el frío del aire. La lamió despacio, con movimientos circulares alrededor del clítoris, y después más deprisa, succionándolo con suavidad.
Anna se apoyó en Lena y sus manos buscaron hacia atrás el cuerpo de la pelirroja. Encontró su tanga e introdujo dos dedos de golpe, profundamente. Lena gimió con fuerza, sus caderas se movieron por sí solas hacia delante, apretándose contra la mano de Anna.
—Joder, sí… más fuerte —susurró Lena, continuando el masaje del pecho de Anna con una mano, mientras con la otra le apretaba el pezón a través del encaje.
La nieve caía sobre sus cuerpos desnudos, pero ellas ardían. Maja lamía cada vez con más pasión, introduciendo dos y después tres dedos en el coño de Anna, moviéndolos en su interior en busca de ese punto sensible. Anna se retorcía entre ellas, y sus gemidos se volvían cada vez más fuertes.
—Todavía no te corras… —susurró Maja mientras se levantaba—. Quiero que lo hagamos todas juntas.
Tiró de Anna hasta el suelo, sobre la gruesa manta de piel que habían extendido previamente en la nieve. Se tumbó boca arriba, separando mucho las piernas. Su coño brillaba de humedad, rosado e hinchado.
—Siéntate en mi cara, Anita.


Anna no necesitó que se lo pidieran dos veces.

Se sentó a horcajadas sobre la cara de Maja, bajando el coño directamente sobre sus labios. Maja comenzó a lamerla de inmediato, profunda y vorazmente; su lengua se introducía en su interior y su nariz rozaba el clítoris.
Lena se arrodilló detrás de Anna. Primero se quitó el sujetador, dejando al descubierto sus hermosos pechos pelirrojos, con grandes pezones rosados. Después se bajó la tanga y se sentó a horcajadas sobre la cara de Maja, aunque de espaldas, con el culo hacia Anna. Anna se inclinó de inmediato hacia delante y hundió la lengua en el coño de Lena, lamiéndolo de abajo arriba y saboreando su dulzura.
Lena gimió contra el coño de Maja; las vibraciones de su voz atravesaban el clítoris de la pelirroja de abajo. Tres cuerpos entrelazados en un triángulo perfecto: una lamía a la segunda, la segunda a la tercera y la tercera a la primera.
Anna introdujo dos dedos en el coño de Lena y los movió rápidamente, mientras Maja succionaba su clítoris con tanta fuerza que la rubia casi gritaba. Lena llevó una mano hacia atrás y masajeó desde fuera el coño de Maja; su dedo índice trazaba círculos alrededor del clítoris de su hermana.
Los gemidos se volvían cada vez más fuertes, y el eco los llevaba por el bosque. La primera en correrse fue Maja: sus caderas se alzaron bruscamente, su coño se contrajo alrededor de la lengua de Anna y el flujo le resbaló por la barbilla a la rubia. Después Lena: su culo tembló, su coño palpitó alrededor de los dedos de Anna y un grito fuerte rasgó el silencio de la noche.


Por fin, Anna: las dos pelirrojas la atacaron al mismo tiempo: Maja le chupaba el clítoris, mientras Lena le introducía dos dedos en su estrecho culo desde atrás. El orgasmo la golpeó como una ola: Anna gritaba, todo su cuerpo temblaba, y su coño salpicaba jugo directamente sobre la cara de Maja.
Se quedaron un rato tumbadas en la nieve, respirando con dificultad, con los cuerpos sudorosos y los copos derritiéndose sobre la piel caliente.
Pero aquello no era más que el principio.
Se levantaron y regresaron casi corriendo a la cabaña. Dentro ardía la chimenea y el calor envolvió sus cuerpos desnudos. Se arrojaron sobre el enorme sofá cubierto de pieles, frente al fuego.
Esta vez Anna tomó el control. Tumbó a Lena boca arriba, le separó bien las piernas y hundió el rostro entre sus muslos. La lamía despacio, saboreando los restos del orgasmo anterior. Maja se sentó sobre la cara de Lena, esta vez de frente, para poder besar a Anna por encima del coño de su hermana.
Anna le introdujo tres dedos a Lena, moviéndolos deprisa, mientras con la otra mano le masajeaba el clítoris. Maja se frotaba contra los labios de su hermana y, al mismo tiempo, besaba profundamente a Anna; sus lenguas se entrelazaban y saboreaban la una a la otra.
Lena volvió a correrse, por segunda vez: con fuerza y durante mucho tiempo, levantando las caderas bien alto.
Después intercambiaron las posiciones. Maja abajo, Anna sobre su cara y Lena detrás, lamiendo el culo de Anna. Y así una y otra vez, durante toda la noche. Tres rondas, cuatro, cinco… hasta que sus cuerpos relucían de sudor y jugos, hasta que sus voces se volvieron roncas de tanto gemir.
Cuando por fin se quedaron dormidas, abrazadas en la enorme cama bajo las mantas de piel, fuera seguía nevando. Y ellas sabían que al día siguiente… lo repetirían todo de nuevo.

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