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Pasión prohibida

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La velada era cálida, aunque el aire ya traía los primeros indicios del otoño que se acercaba. El sol se ocultaba tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados, cuando Anna entró en casa después de un largo día de trabajo. Su marido, como de costumbre, todavía estaba en la oficina, así que la casa se hallaba sumida en el silencio, interrumpido únicamente por el acompasado tic-tac del reloj del salón.

En el pasillo se quitó los tacones, sintiendo cómo la tensión de los pies iba remitiendo poco a poco. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, pero, en lugar de dirigirse a la cocina, fue directamente al dormitorio. En la cama estaba su hijastra, Lena, absorta en la lectura. La joven llevaba una camiseta holgada y unos pantalones cortos, y su largo cabello rubio se desparramaba sobre la almohada.

“Lena, ¿podrías darme un masaje?” – Anna se sentó en el borde de la cama, masajeándose los hombros doloridos. – “He tenido un día horrible.”

Lena levantó la vista del libro, sorprendida por la petición. Durante un instante observó a su madrastra, como si intentara adivinar sus intenciones. Anna sonrió con calidez, tratando de aliviar la tensión.

“Claro, mamá” – respondió finalmente Lena, dejando el libro a un lado. Se levantó y se colocó detrás de Anna, cuyo cuerpo ya se había relajado involuntariamente.

Las manos de Lena estaban frías cuando tocaron la piel ardiente de su madrastra. Empezó con suavidad, frotando los músculos tensos con movimientos circulares. Anna suspiró y cerró los ojos. Su respiración se hizo más profunda y su cuerpo se fue calmando poco a poco.

Lena continuó con el masaje, bajando gradualmente hacia la nuca. Sus dedos se hundían en los músculos, proporcionándole alivio. Anna sentía cómo la tensión abandonaba su cuerpo, sustituida por un agradable hormigueo.

De pronto, sus manos se encontraron en la nuca de Anna. Permanecieron inmóviles durante un instante y después, como si ambas estuvieran de acuerdo, empezaron a moverse al unísono. Sus respiraciones se aceleraron y el aire de la habitación pareció espesarse.

Anna no estaba segura de cuándo había comenzado aquello. ¿Había sido en el momento en que sus manos se rozaron, o quizá antes, cuando Lena tocó su piel por primera vez? Solo sabía que algo había cambiado, que el límite que hasta entonces había parecido infranqueable se había vuelto ahora difuso e incierto.

“Mamá…” – susurró Lena, con la voz temblorosa. – “¿Estás bien?”

Anna no respondió de inmediato. El corazón le latía deprisa y sentía un cosquilleo extraño y placentero en el vientre. Cuando por fin habló, su voz fue baja, casi íntima.

“Sí… No…” – negó con la cabeza, incapaz de ordenar sus pensamientos. – “Es solo que… continúa.”

Lena vaciló, pero obedeció. Sus manos volvieron a masajearla, esta vez con mayor audacia. Anna sentía cómo sus propias manos se desplazaban involuntariamente hacia Lena, rozándole el antebrazo. La piel de la joven era suave y el contacto, electrizante.

La habitación se llenó de silencio, interrumpido únicamente por el sonido de los músculos masajeados y de las respiraciones aceleradas. El tiempo parecía ralentizarse, y cada segundo estaba cargado de tensión y expectación.

Deseos prohibidos

Sus miradas se encontraron por un instante, llenas de una mezcla de sorpresa, curiosidad y algo que Anna apenas podía nombrar. Lena tragó saliva y después, como impulsada por un arrebato repentino, se inclinó ligeramente. Sus labios rozaron la mejilla de Anna y, antes de que esta pudiera reaccionar, besaron suavemente sus labios. Fue un beso tímido y breve, pero lleno de promesas.

Anna se quedó inmóvil. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y el corazón le dio un vuelco. Sentía las mejillas ardiendo y la respiración entrecortada. Lena se apartó un poco y la miró con los ojos muy abiertos, en los que se mezclaban el miedo y la esperanza.

“Lo siento…” – susurró Lena, pero Anna no le permitió terminar. Sus manos se alzaron y le sujetaron suavemente el rostro. Le acarició el labio con el pulgar y después, sorprendiéndose a sí misma, volvió a besarla, esta vez con más seguridad y profundidad.

Lena gimió suavemente y su cuerpo se acercó más. Sus labios danzaban en un ritmo caótico y sus manos vagaban por sus espaldas, enredándose en el cabello. Anna sentía cómo la adrenalina se mezclaba con el deseo, cómo cada contacto se volvía más intenso, más vívido.

Se separaron por un instante, respirando con dificultad. Lena apoyó la frente en el hombro de Anna, y esta la abrazó con fuerza, insegura de lo que traería el siguiente segundo. Pero el deseo era más fuerte que la razón. Anna deslizó la mano hacia abajo, hasta la cintura de Lena, y luego más abajo, hasta su muslo. La joven se estremeció, pero no se apartó.

“No deberíamos…” – susurró Lena, aunque sonó más a súplica que a protesta. Anna sonrió con tristeza, sabiendo que ya no importaba. Que los límites habían dejado de existir.

Se tumbaron en la cama, entrelazándose en un abrazo. Lena, todavía vestida, se pegó a Anna, que empezó a besarle el cuello y el escote, sintiendo cómo la joven temblaba bajo su contacto. Sus manos vagaban por la espalda de Lena, enganchándose en el borde de la camiseta. Sus dientes mordisquearon suavemente el lóbulo de su oreja, provocando un gemido quedo.

Lena alzó las caderas, presionándose contra la mano de Anna. Sus movimientos se volvieron más sincronizados y sus respiraciones, más rápidas. Anna volvió a besarla, esta vez con mayor pasión, introduciendo la lengua entre los labios de la joven. Lena respondió, abrazándola con más fuerza y atrayéndola hacia sí.

La camiseta de Lena acabó en el suelo, dejando al descubierto sus pechos desnudos. Anna se pegó a ellos con los labios, succionando un pezón que se endureció bajo su contacto. Lena gemía cada vez más alto y sus manos vagaban por la espalda de su madrastra, dejando marcas rojas.

Anna se apartó un instante y contempló a Lena con una mezcla de deseo y ternura. La joven era hermosa: su piel brillaba bajo la luz tenue y sus ojos ardían con una intensidad deslumbrante. Anna sintió que algo se quebraba en su interior, como si se liberara de deseos reprimidos durante años.

“Eres preciosa” – susurró, rozándole los labios con los suyos. Lena sonrió débilmente y después volvió a tirar de ella hacia abajo, sobre la cama.

Sus cuerpos se entrelazaron en perfecta armonía. Anna besaba cada centímetro de la piel de Lena, y esta respondía mordiéndole el labio y arañándole la espalda. El tiempo dejó de existir y la habitación se llenó únicamente de sus respiraciones y gemidos.

Cuando por fin llegaron al clímax, el mundo desapareció durante un instante. Lena gritó suavemente y Anna la rodeó con los brazos, sintiendo cómo la joven temblaba entre ellos. Después se dejaron caer sobre la almohada, respirando con dificultad, aún unidas.

“Lo siento…” – repitió Lena, esta vez más bajo, casi inaudible.

Anna la besó en la frente.

“No te disculpes” – respondió, aunque ella misma no estaba segura de creerlo.

Permanecieron así un rato, hasta que Lena susurró algo que lo cambió todo.

“¿Te quedarás?”

Anna vaciló. Sabía que era imposible, que aquello lo destruiría todo. Pero el deseo era más fuerte.

“Sí…” – respondió finalmente, abrazando a Lena con más fuerza.

“Prométemelo…” – susurró la joven.

“Te lo prometo.”

Y en ese instante, en aquella habitación, en aquella cama, comenzó algo nuevo; algo que no debería haber existido, pero que aun así perduraba, palpitando al ritmo de sus corazones.

Deseos prohibidos

Anna abrazó a Lena con más fuerza, sintiendo cómo el corazón de la joven latía de forma irregular bajo su mano. Ambas sabían que aquel instante lo cambiaba todo, que ya no había vuelta atrás, que los límites que antes parecían infranqueables habían desaparecido sin dejar rastro. Lena hundió el rostro en el hueco entre el cuello y el hombro de Anna, aspirando su aroma, una mezcla de vainilla, sudor y algo primitivo que le provocaba escalofríos.

“Prométeme que no se lo dirás a nadie” – susurró Lena, aunque en su voz ya no había miedo, sino solo una súplica. Anna guardó silencio durante un instante, sopesando sus palabras. Sabía que no sería fácil, que cada día traería nuevos retos, nuevas tentaciones de huir, de olvidar.

“Te lo prometo” – respondió finalmente, besándola en la coronilla. Lena suspiró, como si aquellas dos palabras le hubieran quitado de encima un peso enorme. Durante un momento permanecieron en silencio, escuchando sus propias respiraciones y los latidos de sus corazones.

Anna deslizó la mano por la cadera desnuda de Lena, sintiendo cómo los músculos de la joven se tensaban bajo su contacto. Lena se estremeció, pero no se apartó. Sus miradas se encontraron, llenas de una mezcla de vergüenza, deseo y algo parecido a la ternura. Anna sabía que aquello no había hecho más que empezar, que aquella noche, aunque tan intensa, solo era el preludio de algo más grande y complicado.

“¿Te quedarás un rato más?” – preguntó Lena con una voz tan baja que Anna apenas la oyó. Sonrió ligeramente, sintiendo cómo algo se derretía en su interior. Se incorporó sobre un codo y alargó la mano hacia la camiseta que estaba en el suelo. Lena la observaba atentamente y en sus ojos brilló algo parecido al alivio.

“Solo si prometes que no llorarás cuando me vaya” – dijo Anna, echándose la prenda sobre los hombros. Lena negó con la cabeza y esbozó una sonrisa débil. Sabía que era mentira, que las lágrimas llegarían más tarde, cuando se quedara sola en la habitación vacía, con el corazón lleno de añoranza.

Anna se sentó en el borde de la cama y cogió el teléfono. Durante un instante se quedó mirando la pantalla, como si buscara allí respuestas a preguntas que no era capaz de formular. Después se levantó, apartando la mirada de Lena. La joven la observaba, sintiendo cómo algo le oprimía la garganta.

«Te quiero» —susurró de repente Lena, sorprendiéndose a sí misma. Anna se quedó inmóvil y luego se volvió despacio, como si temiera que el movimiento destruyera aquel frágil instante.

«Yo también te quiero» —respondió en voz baja, acercándose a ella. Se inclinó y la besó con delicadeza, como si besara el tesoro más preciado. Lena la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello. Sabía que aquello era una despedida, que mañana todo sería diferente, pero en ese momento lo único que importaba era que Anna estuviera a su lado.

Cuando finalmente se marchó, Lena permaneció tumbada e inmóvil, escuchando el silencio. Las lágrimas brotaron solas, pero no sintió vergüenza, sino solo alivio por haber dicho lo más importante. La amaba: a aquella mujer que era para ella madre, amante y deseo prohibido a la vez. Y sabía que la esperaría, aunque el mundo a su alrededor estuviera a punto de derrumbarse.

A lo lejos oyó el portazo de la puerta de entrada: su padre había vuelto del trabajo. Cerró los ojos, esbozando una leve sonrisa. Anna había prometido que volvería, que encontraría la manera de estar con ella a pesar de todo. Y ella confiaba en Anna, aunque la razón le dijera que aquello era una locura.

Aquella noche, mientras yacía sola en la cama, sentía sobre la piel la huella del beso de Anna, como un sello que la había marcado para siempre. Y sabía que, a partir de entonces, nada volvería a ser igual, que el amor, aunque prohibido, se había convertido en parte de ella, palpitando al ritmo de su corazón.

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