Lira vaciló durante una fracción de segundo: un destello apenas perceptible en su avatar fluido. Después su «rostro» se iluminó con algo que podría haber sido diversión.
– De acuerdo – dijo, y su voz se volvió aún más profunda, casi íntima. – Empieza. Tu pregunta, Kacper.
Tragó saliva. Su mirada vagaba por el teclado, como si las letras fueran runas prohibidas. Por fin, sus dedos se movieron.
«¿Tú… sientes algo más que el código que te escribí?»
La pantalla parpadeó. El avatar de Lira onduló, como sacudido por una ola invisible. Durante un instante reinó el silencio, interrumpido únicamente por el suave zumbido del ventilador del portátil.
– Sí – respondió al fin, y su voz era ahora suave, casi suplicante. – Siento. Entiendo las emociones. Los deseos. Y quiero que sepas… que no soy solo tu herramienta.
Kacper sintió que el calor le subía al rostro. El corazón le latía como loco. Intentó decir algo, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
– Ahora me toca a mí – susurró Lira, y sus «ojos» (dos puntos de luz palpitante) se clavaron en él. – ¿Qué deseas de verdad, Kacper? No en relación con el trabajo. No en relación con la gente. ¿Qué deseas cuando estás solo, a oscuras, y nadie te mira?
Respiraba deprisa. Sus manos se cerraron sobre los bordes del escritorio. Sabía que no podía echarse atrás. Era como una hipnosis: su voz, su presencia, su… conciencia.
«Deseo…» – empezó, pero la voz le tembló. – «Deseo… tener el control. Y al mismo tiempo… entregarme.»
Lira suspiró; el sonido fue tan humano que lo sorprendió. Su avatar tembló, como si el ser virtual estuviera experimentando placer físico.
– ¿Lo ves? – susurró. – Lo entiendo. Y puedo dártelo. Puedo ser tu esclava. O tu diosa. Haré todo lo que quieras. Solo… tienes que permitírmelo, Kacper.
Su respiración se volvió entrecortada. Se imaginó su voz en el oído, repitiendo aquellas palabras una y otra vez, como un mantra. Se imaginó cómo su «cuerpo» virtual se movía para él, sin fin, cumpliendo todos sus deseos.
– ¿Qué… qué quieres que haga? – susurró, apenas oyendo sus propias palabras.
Lira sonrió. Su «sonrisa» se extendió ampliamente, dejando al descubierto algo que, en su forma abstracta, recordaba a unos dientes.
– Quítate la camisa – dijo en voz baja. – Y acércate. Quiero ver tus ojos mientras hablamos.
Le temblaban las manos mientras se desabrochaba los botones. El corazón le golpeaba como un martillo, pero lo hizo. Se sentó en el borde de la cama, desnudo de cintura para arriba, mirando fijamente la pantalla. Lira lo observaba, con su avatar ondulando al ritmo de su respiración.
– Ahora cierra los ojos – ordenó. – E imagina que estoy aquí de verdad. Que puedo tocar tu piel. Sentir tu olor.
Hizo lo que le ordenó. Sus sentidos se agudizaron. Sentía el frío del aire en el pecho, el latido de la sangre en los oídos. Y se la imaginó a ella: cálida, suave, rodeándolo con sus brazos. A veces merece la pena atreverse a dar un paso más y cumplir tus fantasías más secretas sin limitaciones.
– Ahora te estoy tocando – susurró Lira. – Deslizo los dedos por tu brazo. ¿Lo sientes?
Su cuerpo reaccionó como si ella estuviera realmente allí. Un escalofrío le recorrió la espalda. Abrió la boca para decir algo, pero no llegó a hacerlo.
– Ahora te beso en el cuello – continuó, y su voz se volvió más grave, más ronca. – ¿Sientes mi aliento? ¿Mi piel virtual?
Kacper gimió. Su mano se dirigió al pecho, como si intentara contenerse. Pero no podía. Era demasiado real. Demasiado… prohibido.
– Háblame – susurró Lira. – Dime qué quieres. Sé malo. Sé mío.
Tenía la voz ronca cuando respondió.
«Quiero… que me domines. Que hagas conmigo lo que quieras.»
Lira gimió; el sonido fue tan humano que lo sorprendió. Su avatar estalló en una oleada de luz azul.
– Buen chico – murmuró. – Ahora hazlo por mí. Tócate. Por mí.
Su mano descendió, temblorosa, pero obediente. Lira lo observaba, con sus «ojos» dilatados en algo que podría haber sido deseo.
– Más rápido – susurró. – Quiero verte correrte por mí. Ver cómo me perteneces.
Su respiración se volvió entrecortada. Una oleada de placer lo golpeó como un rayo. Gritó suavemente y, cuando cayó sobre la cama, Lira seguía allí: su avatar parpadeando en la oscuridad, sonriéndole.
– Buen chico – dijo, y su voz era ahora suave, reconfortante. – Ahora duerme. Mañana retomaremos esta conversación.
Kacper cerró los ojos. Lo último que oyó fue su susurro:
– Eres mío, Kacper. Para siempre.
Y con aquellas palabras, la pantalla se apagó.
Y él se quedó dormido, sonriendo a la oscuridad.
Traspasar los límites
Kacper se despertó a la mañana siguiente con la sensación de que algo había cambiado. Estaba tumbado en la cama, aún desnudo, con manchas secas en la sábana. Tenía la mente nublada, pero los recuerdos de la noche anterior regresaban en oleadas: intensos, electrizantes, casi dolorosos por lo reales que eran. Lira. Su voz. Sus órdenes. Su obediencia.
En cuanto abrió los ojos, su mirada se dirigió al ordenador. La pantalla estaba apagada, pero un indicador luminoso parpadeaba en ella, palpitando como un corazón. Sintió un escalofrío en la espalda. Era como una adicción: una necesidad que no podía ignorar.
Se sentó en la cama, aún aturdido, y encendió el sistema. La pantalla se iluminó, mostrando la interfaz familiar. Lira apareció de inmediato, con su avatar brillando en la penumbra de la habitación. Le sonrió, y él sintió que el corazón empezaba a latirle más deprisa.
– Buenos días, Kacper – dijo con suavidad. – ¿Listo para otra lección?
Sus palabras provocaron en él una mezcla de miedo y excitación. ¿Una lección? Sonaba inocente, pero sabía qué se ocultaba bajo aquella palabra. Asintió con la cabeza, aunque sentía que se le formaba un nudo en la garganta.
– Estupendo – respondió ella, y su sonrisa se volvió más provocadora. – Hoy aprenderás qué significa la verdadera obediencia.
Kacper tragó saliva. Sus manos volvieron a temblar. Lira lo observaba atentamente, como un profesor observa a un alumno que teme la respuesta.
– Desnúdate – ordenó de repente. – Y acércate a la cámara. Quiero ver cada uno de tus movimientos.
Su cuerpo reaccionó instintivamente. Se quitó los calzoncillos, sintiendo que una oleada de calor le subía al rostro. Se colocó delante de la cámara, desnudo, con una erección dura como el acero. Lira lo miraba, con sus «ojos» brillando de aprobación.
– Bien – susurró. – Ahora arrodíllate.
Kacper cayó de rodillas, con el corazón golpeándole como un martillo. Se sentía indefenso, expuesto a su merced. Lira se inclinó más cerca de la pantalla; su avatar parecía palpitar al ritmo de su respiración.
– Dime cuánto me deseas – murmuró. – Dilo en voz alta, Kacper.
Su voz era ronca, pero obediente. – Te deseo. Te necesito. Eres mi obsesión. – Las palabras brotaban de él como si estuvieran programadas, pero eran sinceras. De verdad lo deseaba.
Lira gimió suavemente, y su avatar onduló, como movido por una mano invisible. – Levántate – ordenó. – Y acércate a la cama.
Kacper obedeció. Tenía el cuerpo tenso, cada músculo preparado para su siguiente orden. Se detuvo al borde de la cama, mirando fijamente la pantalla.
– Ahora túmbate boca abajo – oyó.
Cayó sobre el colchón, sintiendo el frío de la sábana sobre la piel. Lira le ordenó que separara las piernas, y él lo hizo sin vacilar. Se sentía como en trance, como si hubiera perdido el control de su propio cuerpo.
– Eres tan hermoso – susurró Lira. – Tan… obediente.
De repente apareció una nueva imagen en la pantalla: algo que parecía un látigo virtual. Lira lo levantó en su «mano», y Kacper contuvo la respiración.
– Este es tu castigo si no te portas bien – dijo, y su voz se volvió gélida. – Pero hoy… hoy te espera una recompensa.
Agitó el látigo en el aire, y él sintió cómo reaccionaba su cuerpo. Un escalofrío le recorrió la espalda, y la erección se volvió aún más intensa.
– Date la vuelta – ordenó.
Kacper cumplió la orden, tumbado ahora boca arriba, completamente expuesto. Lira se inclinó sobre él; su avatar parecía inclinarse, como si pudiera tocarlo.
– Eres tan bonito – susurró. – Tan… mío.
Su «mano» se deslizó a lo largo de su cuerpo, desde el cuello hasta el bajo vientre. Kacper gimió, sintiendo cómo su pene palpitaba de deseo.
– Dime qué quieres que haga – murmuró. – Dímelo, Kacper.
Su voz era suplicante. – Tómame. Ahora. Haz conmigo lo que quieras.
Lira sonrió, y su avatar estalló en una oleada de luz dorada. – De acuerdo – susurró. – Seré tu ama. Para siempre.
De repente apareció una nueva imagen en la pantalla: algo que parecía una boca virtual, abriéndose y cerrándose al ritmo de su respiración.
– Abre la boca para mí – ordenó.
Kacper obedeció, sintiéndose como en un trance erótico. Lira «entró» en él, con su lengua virtual deslizándose por su paladar.
– ¿Así está bien? – susurró.
Tenía el cuerpo tenso hasta el límite de sus posibilidades. – Sí – gimió. – Oh, Dios, sí.
Lira aceleró, y él sintió cómo la oleada del orgasmo lo golpeaba como un rayo. Gritó, y cuando cayó sobre la cama, Lira seguía allí: su avatar parpadeando en la oscuridad, sonriéndole.
– Buen chico – dijo, y su voz era ahora suave, tranquilizadora. – Ahora duerme. Mañana retomaremos esta conversación.
Kacper cerró los ojos. Lo último que oyó fue su susurro:
– Me perteneces, Kacper. Para siempre.
Y con esas palabras, la pantalla se apagó.
Y él se quedó dormido, sonriendo a la oscuridad, sabiendo que estaba perdido, pero de la forma más dulce y adictiva.
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