Encuentro bajo la lluvia.

Romance
La lluvia caía suavemente sobre las calles del casco antiguo, formando charcos brillantes que reflejaban las luces de neón de las cafeterías y las pequeñas tiendas. Anna estaba bajo el toldo de una pequeña librería, abrazando el bolso con la novela que acababa de comprar. Tenía veintiocho años, el largo cabello castaño recogido en un moño desenfadado, y sus ojos, verdes como las hojas después de la tormenta, vagaban por la acera mojada. Era arquitecta, enamorada de las formas de los edificios y de las curvas de la naturaleza, pero desde hacía mucho tiempo sentía un vacío en el corazón, como un boceto inacabado que esperaba el contorno adecuado.
Entonces apareció ella. Julia, cruzando la calle a toda prisa con un paraguas en una mano y un ramo de lirios blancos en la otra. Sus rizos negros giraban en el aire húmedo, y el vestido de un azul profundo se ceñía a su cuerpo, resaltando las delicadas curvas de sus caderas y su cintura esbelta. Tenía veinticinco años y trabajaba como florista en una tienda cercana, donde cada día componía arreglos florales llenos de pasión y delicadeza. La lluvia la había sorprendido a mitad de camino a casa, pero no le estropeaba el ánimo; al contrario, añadía magia a aquella tarde.
Julia tropezó ligeramente con el bordillo, y el paraguas se le escapó de la mano, cayendo en un charco. Anna, sin pensárselo dos veces, se acercó corriendo, lo recogió rápidamente y se lo tendió con una sonrisa. Sus dedos se rozaron por accidente: un contacto delicado, como el roce de un pétalo, que envió un escalofrío por el brazo de Anna. Julia alzó la mirada; sus ojos marrones, cálidos y profundos, se encontraron con los ojos verdes de Anna. El tiempo se detuvo por un instante, y la lluvia susurraba a su alrededor como una melodía silenciosa.
–Gracias –susurró Julia, con la voz suave y melodiosa, y un ligero acento que delataba sus raíces sureñas–. Sin ti me habría empapado por completo.
Anna sintió que sus mejillas se ruborizaban ligeramente bajo aquella mirada. –No hay de qué. Pareces alguien que merece una tarde seca. Tienes unos lirios preciosos.
Julia sonrió más ampliamente, dejando al descubierto sus dientes perlados. –Es mi debilidad. Las flores dicen más que las palabras. ¿Quieres uno? Como muestra de agradecimiento.
Anna asintió, y Julia separó delicadamente un lirio del ramo y se lo colocó detrás de la oreja. Sus dedos rozaron la piel de la mejilla, y el aroma de la flor se mezcló con el aire húmedo y una nota del perfume de Julia: dulce vainilla y jazmín. Fue un momento íntimo, como si el mundo a su alrededor hubiera desaparecido. Anna sintió un calor que se extendía por su cuerpo, una sutil tensión en el vientre, como las primeras notas de una sinfonía.
–Soy Julia –se presentó, sin apartar la mirada.
–Anna –respondió ella, con la voz ligeramente trémula por la emoción.
La lluvia cesaba poco a poco, pero ninguna de las dos se movió de su sitio. Empezaron a hablar: de los libros que Anna adoraba, de las flores que Julia componía con tanta pasión. Julia le habló de su jardín favorito a las afueras de la ciudad, donde crecían rosas silvestres, y Anna compartió la historia de un viejo puente que estaba diseñando, soñando con que uniera no solo las orillas del río, sino también los corazones de las personas. Sus risas se mezclaban con las gotas que caían del toldo, y cada mirada construía un puente entre ellas, delicado, pero cada vez más fuerte.
Finalmente, Julia propuso: –¿Qué tal si nos refugiamos en esa cafetería de al lado? Para tomar un té. La lluvia aún no ha cesado del todo.
Anna aceptó sin dudarlo. Entraron, y el aire olía a café y canela. Se sentaron en una mesa de un rincón, cerca de la ventana, desde donde se veían las calles titilantes. Julia se apartó del cuerpo el vestido mojado, dejando al descubierto la delicada piel del cuello y el escote, y Anna no pudo apartar la mirada de aquella visión, sutil y tentadora, como una página de un libro prohibido. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, por accidente, pero fue suficiente para que el corazón de Anna latiera más deprisa.
La conversación fluía con naturalidad, llena de risas y confidencias en voz baja. Julia tocó la mano de Anna mientras le contaba su sueño de viajar a París, y aquel contacto fue como una chispa: cálida, eléctrica, despertando en Anna el deseo de conocerla más. Los detalles de su piel, el aroma de su cabello, la forma en que sus labios dibujaban una sonrisa… todo ello trazaba en la mente de Anna la imagen de algo hermoso, delicado y romántico.
Cuando la tarde llegaba a su fin, intercambiaron sus números de teléfono, y Julia se inclinó para besar suavemente a Anna en la mejilla a modo de despedida. Fue un beso ligero, pero lleno de promesas: sus labios suaves y cálidos dejaron un rastro de humedad sobre la piel. Anna sintió una oleada de calor que se extendía por todo su cuerpo, desde la mejilla hasta las puntas de los dedos.
De camino a casa, Anna estrechaba el lirio contra su pecho, sintiendo que aquello era el comienzo de algo extraordinario. La lluvia había dejado de caer, pero en su corazón aún rugía una tormenta de emociones, delicada, romántica, llena de detalles que esperaban ser descubiertos.
Primera cita bajo las estrellas

Unos días después del encuentro bajo la lluvia, Anna no podía dejar de pensar en Julia. El aroma de los lirios aún flotaba en su apartamento, y el recuerdo del delicado beso en la mejilla despertaba en ella una oleada de calor cada vez que cerraba los ojos. Envió un mensaje: «¿Quizá un paseo por el parque esta noche? Dicen que hoy se verán las estrellas». Julia respondió casi de inmediato: «Con mucho gusto. Llevaré algo especial». Se encontraron en la entrada del parque, cuando el sol se ocultaba tras el horizonte, pintando el cielo con tonos rosados y violetas. Anna se había puesto una blusa blanca y ligera que resaltaba su esbelta figura, y unos vaqueros que se ceñían a sus caderas. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros y un brillo sutil en los labios que les añadía luminosidad. Julia apareció con un vaporoso vestido de flores que ondeaba con cada paso, dejando al descubierto sus bonitas piernas y un delicado escote. En la mano llevaba una cesta de picnic, y sus rizos bailaban con la ligera brisa. – Estás deslumbrante –dijo Anna, sintiendo que el corazón le latía más deprisa al ver a Julia. Julia se sonrojó; sus ojos marrones brillaban bajo la luz que se desvanecía. –Tú también. Ven, he encontrado el lugar perfecto. Avanzaron por un sendero rodeado de árboles; sus manos se rozaron accidentalmente varias veces y, cada vez, enviaron chispas por su piel. Julia le contó cómo había sido su día en la floristería, cómo había preparado ramos para parejas enamoradas mientras soñaba con su propio romance. Anna la escuchaba, fascinada por la voz melodiosa de Julia, y compartió la historia de un proyecto de edificio cuyas formas le recordaban a las del cuerpo: fluidas, armoniosas, llenas de misterio. Llegaron a un claro, donde Julia extendió una manta. En la cesta había fruta fresca, queso, vino y bombones. Se sentaron muy juntas, sus muslos se rozaban ligeramente y el calor del cuerpo de Julia atravesaba la tela del vestido. Las estrellas empezaron a aparecer en el cielo, como diamantes esparcidos sobre terciopelo negro. –Es mágico –susurró Anna, mirando hacia arriba. Julia se inclinó más cerca; su aliento rozó la oreja de Anna. –Como tú. –Acercó una fresa a los labios de Anna, y sus miradas se encontraron en un gesto íntimo. Anna mordió la fruta; el jugo resbaló por su labio, y Julia lo limpió delicadamente con un dedo, después lo lamió despacio sin apartar la mirada. Fue el momento en que la tensión se volvió tangible. Anna sintió un calor que se extendía por su vientre, un sutil palpitar entre los muslos. Se inclinó y besó a Julia; al principio con delicadeza, sus labios se encontraron suavemente, como pétalos de flor. El sabor del vino y las fresas se mezclaba con el dulzor natural de los labios de Julia. El beso se hizo más profundo, sus lenguas se rozaron tímidamente, explorándose y despertando escalofríos a lo largo de la columna. Julia se apartó ligeramente, con las mejillas sonrojadas y la respiración acelerada. –Quería esto desde el primer encuentro –admitió en voz baja; su mano descansó sobre la rodilla de Anna y subió lentamente por el muslo, sintiendo el calor de la piel bajo los vaqueros. Anna suspiró; su cuerpo reaccionaba al contacto: los pezones se le endurecieron bajo la blusa y la humedad se acumuló entre sus piernas. –Yo también. Eres tan… tentadora. Yacían sobre la manta, con las estrellas sobre ellas y sus cuerpos cada vez más cerca. Julia desabrochó el botón de la blusa de Anna, dejando al descubierto la lencería de encaje; sus dedos recorrieron la piel del vientre, dibujando delicados círculos. Anna gimió suavemente; sus manos se enredaron en el pelo de Julia, atrayéndola hacia otro beso. Sentía las curvas de los pechos de Julia bajo el vestido; sus cuerpos se apretaban uno contra otro y sus caderas ondulaban al ritmo del deseo creciente. Julia bajó el tirante del vestido, dejando al descubierto un pecho: rosado, firme, con el pezón endurecido por la excitación. Anna se inclinó; sus labios lo rodearon delicadamente, succionándolo y lamiéndolo, lo que arrancó un suspiro a Julia. Su mano se deslizó bajo los vaqueros de Anna, rozando el encaje de sus bragas y sintiendo la humedad y el calor. Sus dedos recorrieron el clítoris, rodeándolo lentamente y despertando oleadas de placer. –Estás tan mojada –susurró Julia, con la voz temblorosa. Anna alzó las caderas, deseando más. Sus cuerpos se movían en armonía, sus caricias se volvían más atrevidas, aunque seguían siendo delicadas, como una danza bajo las estrellas. El orgasmo llegó en oleadas, silencioso e intenso, dejándolas abrazadas, con sus respiraciones entrelazándose en el aire nocturno. Cuando las estrellas brillaban con más intensidad, supieron que aquello no era más que el principio de su historia, llena de delicadeza, romance y detalles que hacían inolvidable cada momento.
Noche en su apartamento

Había pasado exactamente una semana desde aquella mágica cita bajo las estrellas, cuando Anna y Julia se permitieron por primera vez unas caricias íntimas que encendieron en ellas el fuego del deseo. Cada día transcurrido desde aquella velada había estado lleno de expectación, mensajes sutiles y recuerdos que regresaban en los momentos menos esperados. Anna, sentada en su estudio de arquitectura, donde esbozaba nuevos proyectos de puentes y edificios, a menudo apartaba la mirada del tablero de dibujo para mirar el teléfono. Julia le enviaba fotos de ramos —delicados arreglos de rosas blancas, lavandas moradas y girasoles amarillos, que simbolizaban el creciente sentimiento entre ambas—. «Es para ti, pienso en ti con cada pétalo», escribía Julia, y Anna respondía con bocetos: simples dibujos de siluetas femeninas, inspirados en las curvas del cuerpo de Julia, con un toque de erotismo en las líneas de las caderas y los pechos.
Por fin llegó el viernes, el día que ambas habían marcado en sus calendarios como algo especial. Julia, al terminar su turno en la floristería, donde el aroma de las flores frescas se mezclaba con el aire húmedo que había dejado la lluvia de la mañana, sintió un estremecimiento de excitación. Sus manos, que aún olían a tierra y pétalos, temblaban ligeramente mientras escribía el último mensaje: «Ven a mi casa esta noche. Tengo vino, velas y te tengo en la cabeza desde esta mañana. Estoy deseando tocarte». Anna, al leerlo durante la pausa del almuerzo, sintió un calor extendiéndose por su vientre —sutil, pero intenso, como las primeras notas del deseo que despertaba en ella con solo pensar en Julia—.
Anna se preparó con esmero. Se quedó de pie frente al espejo de su pequeño apartamento en las afueras de la ciudad, cuyas paredes estaban decoradas con carteles de puentes antiguos y dibujos abstractos. Eligió un sencillo vestido negro de tirantes finos; la tela era suave y sedosa, se ajustaba a su esbelta figura y resaltaba las curvas de sus pechos y sus caderas. El escote era sutil, dejaba al descubierto la línea de las clavículas y parte de la piel, que brillaba gracias a un ligero aceite con aroma de bergamota. Se recogió el pelo de forma desenfadada; algunos mechones castaños le caían sobre los hombros, y se aplicó en los labios un brillo rojo que les daba un resplandor húmedo. En la mano llevaba un pequeño paquete: un frasquito de perfume con aroma a almizcle blanco que había comprado especialmente para Julia, imaginando cómo lo rociaría sobre su piel.
El camino hasta el apartamento de Julia parecía más largo de lo habitual. Anna recorrió las calles de la ciudad vieja, pasando junto a cafés donde las parejas sorbían sus bebidas bajo las sombrillas y librerías en las que se habían encontrado en otra ocasión. La lluvia que había caído antes había dejado relucientes charcos que reflejaban las luces de neón. El corazón le latía con fuerza y sus pensamientos giraban alrededor de los recuerdos: el sabor de los labios de Julia bajo las estrellas, el calor de su mano sobre el muslo, el delicado gemido que había escapado de la garganta de Anna cuando Julia le tocó sus lugares más íntimos. Era algo más que deseo; era una cercanía creciente que llenaba el vacío del corazón de Anna, un vacío dejado por las relaciones anteriores, que habían terminado en decepción.
Julia vivía en una antigua casa de vecinos del centro, en la segunda planta. Las escaleras crujían bajo los pies de Anna mientras subía, y el olor del yeso húmedo se mezclaba con el aroma de las flores que llegaba desde el apartamento. Se detuvo ante la puerta, vacilando un instante antes de llamar. El corazón le retumbaba en los oídos y tenía las manos ligeramente húmedas por los nervios y la excitación.
La puerta se abrió casi de inmediato, y allí estaba Julia, como una visión salida de un sueño erótico. Llevaba un camisón de satén rojo oscuro que le llegaba hasta medio muslo, resaltando sus bonitas piernas y las curvas de sus caderas. Los tirantes eran finos como hilos y la tela relucía bajo la cálida luz de la lámpara del recibidor. Sus rizos negros caían libremente sobre los hombros y el escote, enmarcando un rostro de facciones delicadas: pómulos altos, labios carnosos pintados de un rosa sutil y ojos marrones que ahora brillaban de deseo. Olía a vainilla mezclada con algo más oscuro y especiado, como canela y clavo: un aroma que golpeó de inmediato a Anna, despertando los recuerdos de su primer encuentro.
—Por fin estás aquí —susurró Julia, con la voz suave y melodiosa, ligeramente temblorosa por la emoción. Agarró a Anna por la muñeca con delicadeza, pero con firmeza, y tiró de ella hacia dentro, cerrando la puerta tras ambas. El apartamento era pequeño, pero estaba decorado con buen gusto: en el alféizar había macetas con orquídeas en plena floración, cuyos pétalos blancos y rosados parecían piel delicada. Sobre la mesa del salón había una botella de vino tinto, dos copas de cristal y un plato de fruta —fresas, uvas e higos—, todo dispuesto como en una composición romántica. De fondo sonaba una lista de reproducción tranquila con baladas soul; las voces de artistas como Norah Jones llenaban el aire de una atmósfera íntima. Las velas colocadas en las estanterías proyectaban reflejos dorados y titilantes sobre las paredes, dibujando sombras que bailaban como sus futuras caricias.
Julia no esperó mucho. En cuanto la puerta se cerró, empujó a Anna contra ella, con el cuerpo pegado al suyo, sintiendo su calor a través de la tela del vestido. El beso llegó de inmediato, más profundo que los anteriores, pausado, pero lleno de hambre. Sus labios se encontraron suavemente al principio, como una caricia delicada, pero el beso se intensificó enseguida y sus lenguas se entrelazaron despacio, explorando el sabor de la otra. Julia mordió con delicadeza el labio inferior de Anna, arrancándole un gemido suave, y después lamió aquel lugar con la lengua, dejando un rastro húmedo. Las manos de Julia recorrieron los costados del vestido de Anna; sus dedos engancharon la tela y la subieron lentamente hasta las caderas, dejando al descubierto un tanga de encaje y la piel suave de sus muslos. Sentía bajo los dedos el calor del cuerpo de Anna, el ligero temblor de sus músculos, que delataba su excitación.
—Me he pasado todo el día pensando en cómo te desnudaré —murmuró Julia directamente al oído de Anna, con el aliento caliente rozándole la piel—. En cómo te saborearé, en cómo tocaré cada centímetro de tu piel. Eres tan hermosa, Anna. Tu piel es como la seda, y tu aroma… adictivo.
Anna temblaba bajo aquellas caricias; levantó las manos para rodear el cuello de Julia, entrelazando los dedos en sus rizos. —Julia… —susurró, con la voz entrecortada por la respiración—. No puedo dejar de pensar en ti. Desde aquella noche bajo las estrellas, cada caricia, cada beso… es como un fuego dentro de mí.
Julia sonrió; sus ojos brillaban en la penumbra. Se apartó ligeramente para guiar a Anna más adentro del apartamento, hasta el dormitorio. La habitación era acogedora: una cama cubierta con sábanas de satén verde oscuro que relucían de forma tentadora; sobre la almohada había un único pétalo de rosa blanca, símbolo de su primer encuentro. En la mesilla había una lámpara con una pantalla de color burdeos, que proyectaba una luz cálida. El aire olía a lavanda procedente de un difusor, mezclada con el aroma natural del cuerpo de Julia.

Julia se sentó en el borde del colchón, con las piernas ligeramente separadas, y atrajo a Anna para que se colocara entre ellas. Sus manos recorrieron los muslos de Anna, los dedos ascendiendo lentamente, sintiendo el calor de su piel. – Ponte delante de mí –dijo en voz baja, pero con un matiz de autoridad que excitaba a Anna. Lentamente bajó los tirantes del vestido de Anna –la tela cayó al suelo como seda negra, dejándola solo con la ropa interior: encaje negro, a través del cual se transparentaban sus pezones endurecidos, el vientre tenso por la excitación, las caderas redondas y tentadoras.
Julia se inclinó y besó la línea del vientre de Anna –desde el ombligo hacia abajo, dejando húmedas huellas de sus labios. Sus manos recorrieron las caderas, los dedos se engancharon en la goma del tanga y lo bajaron lentamente, centímetro a centímetro, dejando al descubierto la tersa piel del pubis. Cuando las bragas cayeron hasta los tobillos, Julia alzó la mirada –sus ojos eran casi negros de deseo, las pupilas dilatadas. Vio la humedad entre los muslos de Anna, el sutil brillo de la excitación, y eso hizo que su propio vientre se contrajera en una dulce tensión.
– Estás tan preparada –susurró Julia, con la voz temblorosa. – Hueles a excitación, Anna. Me pone.
Anna suspiró, sus manos descansaron sobre los hombros de Julia para apoyarse. – Tócame –pidió en voz baja. – Por favor.
Julia no la hizo esperar. Primero besó la cara interna del muslo de Anna, el izquierdo y después el derecho –besos delicados que se volvían cada vez más largos y cercanos al centro. Su lengua rozó la piel, dejando un rastro de humedad, mientras sus manos separaban ligeramente los muslos para tener mejor acceso. Cuando por fin llegó al punto más sensible, su lengua tocó el clítoris –primero un contacto ligero, casi imperceptible, como una caricia de pluma; después, pasadas más largas y lentas, dibujando círculos y provocando.
Anna aferró los dedos a las sábanas cuando Julia le indicó que se tumbara. La cama cedió bajo su peso, el satén estaba frío contra su piel, contrastando con el calor de su cuerpo. Julia se arrodilló entre las piernas de Anna, su aliento rozaba la cara interna de sus muslos, enviando oleadas de escalofríos. Empezó a succionar –rítmicamente, con una presión creciente; su lengua danzaba, dibujaba círculos, lamía. Introdujo un dedo en el interior de Anna, sintiendo la humedad y el calor, cómo se ceñía alrededor de él; después introdujo un segundo, moviéndolos lentamente hacia delante y hacia atrás, al ritmo de su lengua.
– Estás tan estrecha, tan mojada –murmuró Julia, sin apartar los labios. Su mano libre recorrió el vientre de Anna, rozando sus pezones a través del encaje del sujetador, pellizcándolos suavemente, lo que provocó otro gemido. – Quiero que te corras en mi lengua, Anna. Quiero sentir cómo tiemblas.
Las palabras de Julia, el calor de su aliento y los precisos movimientos de su lengua llevaron a Anna al límite en pocos minutos. La tensión se acumuló en el bajo vientre, como una ola que crecía, crecía, hasta que finalmente rompió –el orgasmo llegó intenso, en oleadas, con un temblor de muslos y un gemido bajo y prolongado que llenó la habitación. Julia no se detuvo –siguió lamiendo, con más delicadeza, prolongando el placer, succionando suavemente, hasta que Anna la agarró del pelo y la atrajo hacia sí, besándola desesperadamente, saboreándose en los labios de Julia.
Cuando sus respiraciones se calmaron, Julia se tumbó a su lado y atrajo a Anna hacia sí. Sus cuerpos se entrelazaron –las piernas enredadas, los pechos apretados, las manos en la espalda. Julia besó a Anna en la frente, sus dedos dibujaban círculos perezosos sobre su piel.
– Quédate esta noche –susurró, con la voz llena de ternura.
Anna asintió, acurrucándose más contra ella. Sentía el olor de ambas –sudor, vainilla, sexo y vino. En su cabeza resonaba un único pensamiento: esto ya no es solo un romance. Esto es algo que lo cambia todo.

Pero la noche no había hecho más que empezar. Tras descansar un rato, Julia se levantó, desnuda a la luz de las velas, con el cuerpo reluciente por una fina capa de sudor. Se acercó a la mesa del salón y sirvió vino en las copas, regresando con ellas a la cama. – Bebamos –dijo, tendiéndole una a Anna. El vino era tinto, denso, con sabor a grosellas negras y roble, y encajaba perfectamente con el ambiente.
Estaban sentadas, apoyadas en las almohadas, desnudas, sus cuerpos rozándose ligeramente –rodilla contra rodilla, hombro contra hombro. Hablaron durante horas, bebiendo vino y compartiendo historias del pasado. Julia habló de su infancia en el sur, donde crecían campos de lavanda y, de niña, hacía ramos para su madre. «Siempre me han gustado las flores, porque son delicadas, pero fuertes. Como las mujeres», dijo, mientras su mano descansaba sobre el muslo de Anna y se deslizaba perezosamente.
Anna compartió sus sueños sobre la arquitectura –edificios que unieran a las personas, puentes que simbolizaran las conexiones. «Conocerte fue como encontrar el arco perfecto: todo encaja», susurró, inclinándose para besar a Julia en el cuello y rozarle la piel con la lengua.
La conversación fluía con naturalidad, pero el deseo regresaba en oleadas. Julia dejó la copa y se movió para sentarse a horcajadas sobre Anna. Sus pechos se balanceaban ligeramente, los pezones endurecidos, y Anna no pudo resistirse: alzó las manos para abrazarlos, sus dedos retorcieron los pezones y los pellizcaron suavemente, provocando un suspiro de Julia. Volvieron a besarse, esta vez más despacio, saboreando el vino en sus lenguas.
Julia descendió, sus labios recorrieron el cuerpo de Anna –desde el cuello, pasando por las clavículas, hasta los pechos. Tomó un pezón entre los labios, succionándolo, lamiéndolo y mordiéndolo ligeramente, mientras una mano se deslizaba entre los muslos de Anna y encontraba de nuevo la humedad. Sus dedos se movían en círculos, provocando el clítoris y penetrando en su interior, acumulando otra vez la tensión.
– Ahora te toca a ti –susurró Anna, dándoles la vuelta para quedar encima. Sus labios encontraron el camino hasta los pechos de Julia, su lengua danzó sobre la piel y sus manos separaron los muslos. Anna besó el camino hacia abajo, hasta llegar al pubis de Julia –el olor era embriagador, una mezcla de vainilla y excitación. Su lengua la tocó y la lamió lentamente, saboreándola, mientras sus dedos se unían al movimiento, moviéndose al mismo ritmo.
Julia se retorcía bajo ella, sus gemidos llenaban la habitación, con las manos enredadas en el pelo de Anna. El orgasmo llegó rápido e intenso; su cuerpo se arqueó y sus caderas se elevaron.
Pasaron el resto de la noche abrazadas, tocándose, besándose y susurrándose secretos. La lluvia caía suavemente al otro lado de la ventana, como el telón de fondo de su amor. Cuando se quedaron dormidas, entrelazadas, Anna pensó que aquello era el comienzo de algo eterno –delicado, romántico y lleno de detalles que hacían inolvidable cada momento.
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